Cuando el Estado encarcela pastores: Olor a oveja en tiempos de represión

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Pastor rural en El Triunfo, La Libertad. Presidente ad honórem de la Cooperativa El Bosque, comunidad de 250 familias campesinas que enfrenta despojo territorial. Fue detenido el 12 de mayo del 2025 tras participar en una concentración pacífica. Permaneció 220 días encarcelado sin condena, en medio de un conflicto territorial marcado por deudas, despojo y decisiones estructurales injustas.

BIOGRAFÍA 

José Ángel Pérez es pastor de la filial de Misión Cristiana Elim en El Triunfo, Departamento de La Libertad. Presidente ad honórem de la Cooperativa El Bosque, acompaña a más de 250 familias campesinas en su lucha por la seguridad territorial. Permaneció 220 días en detención, sin sentencia ni delito probado. Su experiencia refleja una teología encarnada en la lucha por la tierra, la dignidad y la justicia desde las comunidades rurales de El Salvador.

RESUMEN 

Esto lo escribo desde lo que me tocó vivir. Allá en Mariona aprendí a hacer zapatos con papel, así, viendo videos y practicando cuando ya iba a salir. También aprendí a quedarme callado… 220 días en una celda te enseñan eso. Pero mi fe no se murió, aunque sí dolió bastante. Soy pastor en una iglesia de Misión Cristiana Elim en El Triunfo, La Libertad. El 12 de mayo de 2025 me capturaron por estar acompañando a unas familias de la Cooperativa El Bosque, que estaban peleando por no perder sus tierras. Yo solo estaba ahí, en paz. Estuve preso sin que me probaran nada. Pasé por el Penalito de Lourdes Colón y después por Mariona. Los primeros cinco meses sin poder hablar con nadie. No escribo para que me tengan lástima. Escribo para que no se olvide. Porque Dios no se olvida de los pobres, aunque no tengan papeles… tienen historia.

PALABRAS CLAVE: testimonio pastoral, tierra y despojo, fe y resistencia, injusticia territorial, profetismo eclesial

Predicar, acompañar… y terminar preso

La tierra no se vende, se defiende: Testimonio desde la Cooperativa El Bosque

Yo no soy teólogo de escritorio. Soy pastor de campo. Lo que sé lo aprendí trabajando la tierra, visitando casas, oyendo a la gente hablar de sus deudas, del miedo que tienen de perderlo todo. También soy presidente de la Cooperativa El Bosque, pero eso nunca ha sido por dinero, porque ese cargo no paga. Es por servir.

Ahí viven más de 250 familias. Son gente a la que yo le predico, pero no solo con palabras, sino estando con ellos. La cooperativa tiene su historia. Antes, 47 socios tenían como 750 manzanas de buena tierra : café, teca, cedro, conacaste, laurel. A cada familia le daban un pedacito para vivir. No pagaban, pero tampoco tenían escritura. Así vivían, así sembraban.

El problema empezó antes de que yo llegara. La cooperativa debía $45,000 al Banco Agrícola. En ese momento apareció un señor llamado Palomo, recomendado por el mismo banco, con promesas de ayudar a saldar la deuda. Pero no ayudó. Llegó, vio que la tierra era productiva, taló la madera —teca, cedros, conacastes, laureles— se la llevó, y después convenció al presidente de turno de firmar dos pagarés: uno de $50,000 y otro de $85,000.   Le dijo que iba a hacer una remedición y pagar la cooperativa. Prometió pagar… pero no pagó nada.

Diez años después, en 2009, el banco volvió a notificar: Palomo no había pagado la deuda. En la desesperación, los socios buscaron ayuda con la Alcaldía de Santa Tecla, que les dijo que quería una parte de la tierra a cambio de apoyo. Los socios firmaron. Con el tiempo, los intereses crecieron hasta un millón de dólares, y en 2023 llegó la subasta. Palomo decía que la tierra era de él. Pero ahí vivían 250 familias. Ahí habían crecido y cultivado. Solo que no tenían papeles.

Lo más duro fue que el presidente anterior entregó la escritura, el documento más importante, a alguien que ni vivía ahí. Yo llegué después, con poco tiempo en la cooperativa, y me tocó enfrentar todo ese problema. Yo llegué siendo nuevo —tres años en la cooperativa, dos como presidente— y vine a pagar las consecuencias de decisiones que otros tomaron. 

Habíamos agotado todos los caminos legales. Intentamos todo. Pagamos $33,000 a una abogada que prometió un amparo y nunca lo presentó. A inicios de mayo de 2025 fuimos a entregar una carta al batallón presidencial, con la esperanza de que la hicieran llegar al presidente y se detuviera el desalojo. El hombre que la recibió dijo que en tres días habría respuesta. No la hubo.

Entonces la comunidad decidió: vamos a hacer una concentración pacífica. No a quemar llantas. A pedir ayuda.

Lo que estábamos haciendo solamente era pedir ayuda, porque nosotros ya no podíamos hacer nada. Ya habíamos hecho todo lo que habíamos podido”.

— Pérez, J. Á., entrevista CCR TV, min. 6:05

Esas familias son mi iglesia, la que yo pastoreo. Yo no podía quedarme predicando del cielo mientras ellos estaban perdiendo la tierra. Por eso les decía: hoy no vamos a hacer culto como siempre… hoy vamos a ir a estar allá con la gente, a defender lo nuestro.

Porque casi todos viven en tierras de la cooperativa… y si ellos caían, caíamos todos.

Además, tenemos un CDI donde se reúnen más de 200 niños, y la mayoría también vive en esas tierras. Si nos expulsaban, la iglesia también se acababa. Todo. Socios y no socios, toda la comunidad estaba en esto.

Esa noche, el 12 de mayo del 2025, me arrestaron. Me jalonearon, me rompieron la camisa, me subieron a una patrulla. Un agente, mirando mis documentos, dijo:

“Este viejo se va a arrepentir de haber hecho lo que hizo”.

— Pérez, J. Á., entrevista CCR TV, min. 14:59

Yo me pregunté ¿qué hice? ¿De qué me voy a arrepentir si no he hecho nada malo? Esa respuesta llegó sola: hice lo que un pastor tiene que hacer. Acompañé a mi comunidad. Y yo ni siquiera vivía en tierras de la cooperativa —mi casa es de mi esposa, una herencia de ella—. Pero al ver la situación difícil, tuvimos que hacer frente. Incluso hay un video en el que oramos juntos por la cooperativa, pidiéndole a Dios.

Esa noche llegó gente armada como si fuera guerra. Decían que eran policías militares. Esa noche, varios periodistas y gente que sabe de estas cosas dijeron que era la primera vez, desde el tiempo del conflicto armado en el país, que se volvían a ver los emblemas de lo que llaman “policía militar”. Yo no sé mucho de eso, pero se sentía pesado el ambiente… y enfrente de ellos solo había campesinos, niños, familias pidiendo que no los sacaran.

Como cuatro personas habíamos firmado la carta, esa misma noche fueron a buscar a las otras tres. Para ellos, éramos nosotros los revoltosos. No fue casualidad. Fue un mensaje sobre quién tiene derecho a protestar en este país… y quién no. Nosotros no éramos pandilleros ni terroristas. Éramos familias. Niños. Ancianos que no sabían adónde ir si los sacaban.

A mí me tuvieron unos días en la sede policial de Lourdes Colón, que le dicen “El Penalito”, y después me trasladaron al Centro Penal La Esperanza, Mariona.

Ahí pasé cinco meses sin saber nada de mi esposa, de mis hijos, de mi iglesia… sin saber si ella estaba viva o muerta. 

Entre Nabot y Mariona

Una teología de la tierra, el poder y la injusticia

La tierra, en la Biblia, no es solo un pedazo para vender. La tierra es vida. Es donde uno crece, donde cría a sus hijos y donde espera descansar cuando ya está viejo.

En la Biblia hay leyes que cuidan eso. Hablan del jubileo, de cómo la tierra no se debe perder para siempre (Levítico 25). Y también está la historia de Nabot, aquel hombre que no quiso vender su viña, y un rey quiso quitársela… pero Dios no se quedó callado (1 Reyes 21).

Por eso, cuando yo empecé a defender a las familias de la Cooperativa El Bosque, yo no sentía que solo estaba haciendo algo social… yo sentía que estaba viviendo lo que Dios enseña. Estaba poniendo la fe en acción.

Así es como se ve la injusticia aquí: el que tiene dinero tiene papeles, y el pobre solo tiene su historia. Y cuando uno llega donde un juez, no le preguntan lo que ha vivido… le piden un documento.

Pero la fe no puede quedarse callada ante eso. Porque la pobreza no sale de la nada. La pobreza pasa porque alguien toma decisiones que dejan a otros sin nada.

Es como en los tiempos de Faraón: el país crecía, pero el pueblo sufría. Así pasa también hoy. Un país puede verse bonito por fuera… pero si el gobernante no lo administra con justicia, la pobreza sigue creciendo para los que caminan descalzos.

El Evangelio no es neutral: Crónica de una comunidad en lucha por la tierra

En la Biblia ya pasó esto. Amós, Isaías, Jeremías… todos enfrentaron represión estatal cuando su palabra tocó intereses de los poderosos. Amós lo sacaron de Betel por decir la verdad (Amós 7:12-13). Jeremías fue lanzado a una cisterna (Jeremías 38:6).

Y a mí… me llevaron a Mariona.

Así es esto. Cuando uno habla por los que sufren, cuando uno toca lo que al poderoso no le conviene, siempre hay un precio. No es nuevo. Siempre ha sido así.

Jesús mismo no se quedó callado. Él también habló claro frente a los que tenían el poder en su tiempo. Por eso digo: el Evangelio no es para quedarse al medio. El Evangelio camina con la verdad… aunque duela, aunque cueste.

“Cuando se arresta a un pastor que acompaña a los pobres porque comprende sus necesidades, y a un abogado porque defiende una causa humana, los cristianos nos vemos obligados a preguntarnos: ¿es este el tipo de sociedad en la que queremos vivir? ¿Sinceramente? ¿Dejaremos que el odio y el fanatismo ciego nos divida como hermanos?”

— Vega, M., Oler a oveja, 18 de mayo de 2025

Esto me hace preguntarle algo a la iglesia aquí en El Salvador: ¿podemos seguir diciendo que el Estado es “ministro de Dios para bien” (Romanos 13:4) sin preguntarnos cuándo deja de hacer el bien? Porque el mismo lugar al que esas familias fueron a pedir ayuda… fue el mismo que me llevó preso.

Y hasta hoy, la cooperativa sigue sin respuesta. Seguimos esperando. No vamos a estar tranquilos hasta que nos digan claro: “aquí están sus papeles, esta tierra es de ustedes”.

El dolor más fuerte ya pasó, sí… pero la zozobra persiste. No sabemos qué va a pasar, si la cooperativa va a seguir o no.

Pero ahí vamos, esperando en Dios. Si Él quiere y recuperamos la tierra, vamos a darle gracias. Y confiamos en que todo lo que se ha investigado no quede en nada… sino que den fruto.

Dios en la celda: Orar, resistir y no perder la cabeza 

Hay cosas que uno solo entiende estando encerrado.

Allá adentro, la peor enfermedad no es del cuerpo… es de la mente. Porque el encierro le va comiendo a uno la cabeza poco a poco.

Allí dentro, al que pierde la estabilidad mental le dicen “loro”. A veces lo dicen jugando… pero otras veces duele oírlo. Porque es ver a alguien que ya no está bien: hablando solo, viendo para todos lados, como perdido, como si ya no estuviera aquí. 

Y eso pasa porque uno está encerrado sin saber nada. Sin saber de su familia. Sin saber qué está pasando afuera. Eso le va quebrando a uno la mente.

Yo lo vi… y lo sentí cerca.

“No sé si puedo expresar esta palabra, pero lo que les dicen a los que quedan mal de la cabeza es ‘loro’… porque comienza a hablar solo y a ver por todos lados.”

— Pérez, J. Á., entrevista CCR TV, min. 25:52

Las personas que no conocen a Dios piensan demasiado y se preocupan más. Yo vi a personas no creyentes consumirse en angustia. Uno que es cristiano tiene que entender que en algún momento le van a pasar estas cosas: Dios sabe por qué suceden y a quiénes les suceden.

Pero también vi algo bonito allá adentro. Entre tanta cosa dura, había compañerismo. Si alguien tenía comida, compartía. Los que no tenían familia que les llevara algo, buscaban cómo sobrevivir: lavaban ropa de otros o hacían cosas con bolsas plásticas, como hamacas, para vender.

Había personas a las que nunca les llegaba un paquete. A veces, su familia no sabía si estaban vivos; otras veces, simplemente no podían ayudarles. Entonces, esas personas encontraban la manera de sostenerse con lo poco que tenían, vendiendo lo que hacían con sus propias manos.

 En ese lugar tan sucio y tan injusto… la gente todavía se cuidaba entre sí. Y ahí, en medio de todo eso, Dios también estaba.

Yo me acordaba de lo que escribió el apóstol Pablo desde la cárcel, sobre una paz que no se entiende (Filipenses 4:7). Yo no soy Pablo… pero ahí adentro entendí eso de verdad. Esa paz no es que uno ya no sufre. Es que uno aguanta sin quebrarse. Como un árbol que se dobla con el viento, pero no se rompe.

Dentro de Mariona, el trabajo de servir no se acabó. El compañero que estaba conmigo, un abogado, me buscaba y me decía: “Usted es pastor, enséñeme cómo vivir aquí”.

Y yo no tenía Biblia. No tenía nada preparado. Pero hablábamos, orábamos… y Dios se hacía presente en ese lugar donde nadie quiere estar.

Yo no elegí estar ahí. A mí me metieron. Pero Cristo ya estaba dentro de Mariona cuando llegué. Y ahí lo encontré.

Una vez, un hermano que sabía de teología, allá adentro, me dijo:

“Hermano Ángel, yo sé que usted va a salir… pero no dejen de orar por nosotros, porque la iglesia se olvidó de nosotros”.

— Pérez, J. Á., entrevista CCR TV, min. 52:59

Eso se me quedó en el corazón. Porque la iglesia no puede olvidarse de los presos. Jesús mismo va a preguntar: “Estuve en la cárcel… ¿y me visitaste?”.

Del culto al territorio: Pastores para el templo o pastores para el pueblo

A los cinco meses me sacaron a una audiencia especial. Fue ahí cuando supe que la iglesia había estado orando, que las organizaciones civiles se habían manifestado, que el caso había llegado a medios internacionales. Yo no lo podía creer. Somos una filial aislada, lejos de la capital. Algunos pastores comentan que no tenemos apoyo de la iglesia central. Yo pensaba que nadie sabía. El único que yo sabía que conocía bien mi caso era mi pastor directo, el pastor Antonio Ramírez. Había hermanos que no sabían ni que nuestra iglesia existía en El Bosque.

Cuando me enteré de que la iglesia se había pronunciado, entendí algo: si Misión Cristiana Elim tomó este caso así, es porque entendieron que no estábamos presos por ser delincuentes, sino porque luchábamos por algo que era de nosotros y no de otra gente. El pastor Mario Vega fue quien lo levantó públicamente. Sin eso, quizás nadie se hubiera dado cuenta. Y allá adentro yo pensaba: “Mi iglesia no me dejó solo. Ellos saben quién soy. Saben que no soy culpable”.

Y eso me dio fuerza.

Porque cuando la iglesia camina con la verdad… puede sostener incluso a los que están tras las rejas.

“No se puede dudar de que Dios está del lado de los afligidos y de sus pastores con penetrante olor a oveja. Frente a eso, ¿de verdad nos sentimos mejores cristianos cuando despreciamos y validamos tiranía?”

— Vega, M., Oler a oveja, 18 de mayo de 2025

Eso me devolvió las fuerzas. Porque una cosa es leer la Biblia que la iglesia es un cuerpo, que si uno sufre todos sufren… y otra cosa es sentirlo de verdad, cuando uno está encerrado y sabe que afuera están orando por uno.

Esa oración no fue solo de palabras. Fue algo que se movió, que se hizo público, que tuvo un costo. Y eso se agradece.

Pero también hay algo que duele decirlo. Hay pastores que hoy están presos… y por ellos casi no se ha dicho nada. Y eso queda en el corazón. Es una deuda que la iglesia todavía tiene.

Porque amar como pastor no es solo decir cosas bonitas. También es decir la verdad.

Y la verdad es que muchas iglesias aquí no están caminando con su gente en lo que viven día a día. Se predica contra los errores personales… pero no se mira la injusticia que está alrededor. No se habla de lo que está pasando en las comunidades.

Tampoco estamos orando bien por las autoridades. No es para aplaudir todo lo que hacen… es para pedirle a Dios que les dé sabiduría y que hagan justicia. Porque cuando hay injusticia, no es solo culpa de los de arriba… también pesa el silencio de los de abajo.

Hay quienes hablan de Dios… pero acusan a gente inocente. Y eso no viene de Dios.

Tenemos muchos pastores que saben dirigir un culto… pero no saben caminar con la gente cuando hay problemas de tierra, de leyes, de comunidad.

Pero Jesús sí lo hizo. Él habló claro contra la injusticia, incluso la de los que tenían poder religioso. Y Pablo también corrigió a la iglesia cuando se equivocaba.

A veces leemos que hay que dar la vida por los demás… pero cuando el dolor es de otro, miramos para otro lado.

Y no debería ser así. El dolor de uno… tiene que dolerle a toda la iglesia.

Yo ni siquiera vivía en esas tierras. Pero cuando vi lo que estaba pasando, no podía quedarme quieto. Tocaba estar ahí. Con la gente. Aunque costara.

El costo político de una Iglesia con olor a oveja

El pastor que salió oliendo a celda y a esperanza 

La esperanza cristiana, bien entendida, no niega el sufrimiento: lo atraviesa. El Salmo 22 empieza con el grito de abandono —”Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”— y termina con confianza. Jesús mismo lo citó desde la cruz. La esperanza no es el optimismo barato de quien nunca ha sufrido; es la convicción, nacida en el dolor, de que el sufrimiento no tiene la última palabra.

Cuando salí de Mariona, salí enfermo. El cuerpo paga lo que el alma aguanta. Pero también salí con una certeza: Dios permitió esto con propósito. La iglesia en El Triunfo estaba diferente. Más unida. Los niños me abrazaban. Y todavía vamos pegándole ladrillos al local que siempre soñé construir —porque durante años hicimos culto en hogares de hermanos, sin techo propio. Dios nos regaló ese pedazo de terreno. Lo más importante, sin embargo, es ver a mi congregación preparada espiritualmente. De nada me sirve desgalillarme predicando si ellos se pierden. Ya se les anunció en palabra y en acción.

Y seguimos caminando con las familias de la cooperativa, porque su historia no terminó con mi liberación. Ellas siguen luchando. Nuestro deseo como iglesia y como comunidad es que nos entreguen las escrituras para que tengamos tierra donde cosechar y trabajar. Hay que seguir teniendo olor a oveja.

Yo cuento todo esto no para que me vean como algo grande. No. Lo cuento porque lo que viví tiene cosas que la gente que estudia necesita oír… pero oírlo desde la vida, no solo desde los libros. Desde la cárcel también se aprende.

La Iglesia en El Salvador tiene poder: espiritual, social, de convocatoria. El problema no es la falta de poder. Es la falta de valentía para usarlo del lado correcto. Mientras el pueblo clama, nosotros a veces estamos demasiado cómodos dentro de las cuatro paredes de nuestros templos, preocupados por no quedar mal con nadie. Amós 5:24 dice: “Pero corra el juicio como las aguas, y la justicia como impetuoso arroyo.” Esa es la imagen: no un charco estancado de buenas intenciones. Un arroyo que no pide permiso para correr.

Le digo a cada pastor que lea esto: si usted espera que el sistema sea justo antes de involucrarse con su comunidad, va a esperar toda la vida. La justicia no llega sola. Hay que pedirla, organizarla y a veces pagar el precio de pedirla.

Propuestas concretas para iglesias y comunidades:

  • Crear un ministerio de acompañamiento jurídico-pastoral en cada iglesia local, conectado con abogados o estudiantes de derecho de la comunidad, para que los miembros no queden solos frente al sistema legal.
  • Establecer grupos de intercesión específica por familias en situaciones de injusticia: desalojos, detenidos injustamente, procesos judiciales abiertos. La oración no es pasividad; es resistencia espiritual activa.
  • Incorporar en la formación teológica el estudio de casos pastorales reales —testimonios como este— donde la fe se juega en el territorio, no solo en el púlpito.
  • Que los pastores conozcan la realidad territorial de sus congregaciones: quiénes tienen tierra, quiénes no, qué vulnerabilidades legales enfrentan sus miembros.
  • Fortalecer redes intereclesiales de denuncia pública y acompañamiento ante casos de abuso de poder o detención injusta. Lo que me sostuvo fue saber que la iglesia no guardó silencio.

Preguntas para reflexión grupal:

  1. ¿Cuántos miembros de mi congregación enfrentan hoy amenazas de desalojo o vulnerabilidad territorial, y yo no lo sé porque nunca les pregunté?
  2. ¿Qué tan dispuesta está mi iglesia a acompañar públicamente a un miembro que sufre injusticia, aunque eso incomode a las autoridades?
  3. ¿Estamos orando por las autoridades para que ejerzan justicia, o simplemente para que nos dejen en paz?
  4. ¿Qué tipo de pastor/a quiero ser: el que predica desde la comodidad o el que tiene olor a oveja?
  5. Si un pastor de nuestra congregación fuera detenido injustamente, ¿qué haría nuestra iglesia en los primeros siete días?

REFERENCIAS

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